¿Recuerdas ese cartel de la plaza de tu barrio en el que se podía leer “Prohibido jugar a la pelota”? Tú jugabas y nadie se preocupaba. Tu madre sabía que estabas a salvo. Hoy, 15 años más tarde, ese cartel ya no está. En esa plaza ahora solo hay mesas de una terraza en la que tomarte una caña te cuesta 3 euros. Esa misma plaza en la que la multa por tomarte una cerveza de una lata comprada en el chino de la esquina son 600 euros. Mucho más de lo que cobrarás este mes en el curro que te has visto obligado aceptar por las tardes para terminar los estudios este año. A tu madre le han echado del trabajo y ya no puede pagarlo. Ahora sí está preocupada. Además, sabes que dentro de una semana comienzan los exámenes y quieres quedarte a estudiar hasta tarde porque no puedes permitirte suspender, pero recuerdas que no puedes ir a la biblioteca de tu barrio porque ya no abre 24 horas. Sigues caminando y ves a un hombre mayor apoyandose en la pared, ya no hay bancos donde sentarse, solo quedan de esos que estafan a la gente.
Hablamos de Madrid, pero también hablamos de tu ciudad, esa que nos roban cada día. Quizás también pueda ser esa ciudad que no sientes como tuya, pero en la que te has visto obligado a tener que ir para servir cafés. Hablamos de Madrid porque es la ciudad en la que vivimos, la ciudad que sufrimos y luchamos. Porque sabemos que Madrid no es ciudad para jóvenes. Ese parque se ha cubierto por cemento. La ciudad nos lleva por caminos de adoquín y asfalto, nos esconde la tierra y la vida que nace de ella. El horizonte queda siempre a pocos metros.
Pero levantamos la mirada y también sabemos que la ciudad no es nociva por el hecho de serlo, la ciudad puede y debe ser vivible, porque enmarca nuestra infancia, nuestra juventud, nos brinda una oportunidad que debemos conquistar para construir una vida colectiva a través de la cultura, el deporte o el ocio. Entendemos la calle como un lugar de encuentro para el aprendizaje de la vida. Tenemos derecho a la ciudad y a que la ciudad ofrezca las posibilidades de una educación y una formación que rompa los muros de la escuela, de las facultades y vaya mucho más allá.
Modificar el espacio urbano, remodelarlo y reconvertirlo en un espacio participativo, democrático, justo y alegre hoy se ha convertido en una obligación. La imposición de un espacio sin posibilidades atrofia nuestra capacidad de creatividad. Sin duda, quizá hoy más que nunca, debamos volver a nuestra infancia. Volver a ser esos niños y niñas que vierten su vida a estos espacios comunes e intentan apropiarse de ellos. Por una vida que merezca la pena ser vivida. Por mí y por todas mis compañeras.

