¿Una FP Básica de Actividades domésticas?

CON CUIDADO

“El Ministerio se plantea crear una FP Básica de amas de casa”. Con este titular El Periódico de Aragón rescataba la semana pasada la noticia de que el Ministerio de Educación pretende impulsar una Formación Profesional Básica de Actividades domésticas y limpieza de edificios (Boletín Oficial del Estado del sábado 29 de agosto, pág. 76773). La competencia general del título “consiste en realizar actividades domésticas de limpieza, cocina, cuidado de ropa y apoyo a personas en el ámbito doméstico, así como realizar operaciones básicas de limpieza en edificios, oficinas y locales comerciales” y tendrá una duración de 2000 horas.

La reacción en las redes ha sido de estupefacción y mofa, no ajena al hecho de que esta propuesta suceda a la de instaurar un título de Formación Profesional Básica en Tauromaquia. La diferencia estriba en que, si bien en este último caso ha sido fácil encontrar críticas argumentadas, en el que nos ocupa la noticia se ha replicado en los medios y en redes sin apenas comentario añadido.

¿Por qué no aplaudir la inciativa de cualificar profesionalmente los cuidados y el trabajo doméstico, lo que tal vez redunde en un mayor reconocimiento social y económico de estas actividades? El hecho de profesionalizar, aunque sea en un nivel básico, los trabajos domésticos, les da visibilidad en el mundo del empleo y permite a jóvenes que están bastante desenganchados de la educación tener una cualificación reconocida. Al mismo tiempo, obliga a hacer explícitos los conocimientos necesarios para hacer el trabajo doméstico. ¿Por qué, pese a todo ello, la noticia nos generaba tantas reservas?

Antes de seguir adelante quizá convenga hacer una doble reflexión. La primera, relativa a la Formación Profesional Básica. Uno de los aspectos más controvertidos de la LOMCE es su carácter segregador. La LOMCE rompe el carácter comprensivo de la educación obligatoria no solo desdoblando el cuarto curso en dos itinerarios incomunicados entre sí que desembocan en dos reválidas diferenciadas, sino que además aparta tempranamente al alumnado con especiales dificultades de aprendizaje a un itinerario desde el que no es posible la adquisición del título de Graduado en Secundaria. Es a ese itinerario al que ahora el Ministerio pretende relegar un aprendizaje irrenunciable e imprescindible en la formación de todas las personas, aunque tradicionalmente invisibilizado y menospreciado por cuanto ha corrido de cuenta de las mujeres. Con esta fórmula se produce un doble desprecio: a los contenidos del ciclo y a sus destinatarios.

La segunda, relativa a lo que entendemos por coeducación. La división sexual del trabajo propia de las sociedades occidentales ha implicado que durante siglos la formación reclamada para las niñas fuera radicalmente diferente de la reclamada para los niños. Ello conllevó, primero, la exclusión de las niñas de la educación formal, ya que las tareas que tenían asignadas -las relativas al cuidado del hogar, del esposo y los hijos- se aprendían en el seno de la familia. Cuando más adelante las niñas acceden a la escuela lo hacen en centros diferenciados y con un currículum también específico y propio. Solo muy recientemente hemos conseguido la escolarización conjunta de niñas y niños en una escuela mixta donde han prevalecido unos currículos absolutamente androcéntricos -basta echar un vistazo a los manuales escolares, donde las mujeres ni existen- y de la que han quedado apartados los saberes tradicionalmente vinculados al universo de los cuidados y la reproducción de la vida. Quien eche un vistazo a los currículos vigentes y a las denominadas competencias básicas se percatará con asombro de que entre ellas no aparecen restañar una herida, zurcir un calcetín o preparar unas lentejas. El mundo de los cuidados -la conciencia de que somos vulnerables e interdependientes y de que la vida cuesta sostenerla, esto es, requiere tiempos y saberes- ha sido secularmente relegado a esferas invisibilizadas por el discurso económico. El mundo de los cuidados no parece tener cabida tampoco en una escuela modelada a imagen y semejanza de los mercados, en los que prevalece el individualismo y la competitividad, la producción (de bienes) y no la reproducción (de la vida). Un compañero o una compañera de clase con problemas – por una minusvalía física o psíquica, por un desfase académico, por ser un recién llegado de otras geografías y no dominar aún la lengua de la escuela- se ve siempre como una rémora antes que como una oportunidad de un nuevo y vital aprendizaje.

Hemos consolidado una escuela mixta pero aún estamos bien lejos de lo que debiera ser una escuela coeducativa, atenta a cuestionar y desconstruir los modelos de género heredados y los mimbres heteropatriarcales omnipresentes en el adentro y el afuera de la escuela. Una escuela coeducativa implica, qué duda cabe, repensar desde sus mismas raíces la escuela que habitamos. Implica repensar qué saberes son necesarios no para el mundo que tenemos sino para el mundo que queremos.

Flaco favor por tanto hacemos al anhelo coeducativo cuando la introducción de unos saberes imprescindibles para el desarrollo integral de las personas, de todas las personas, para el desarrollo también de unas relaciones igualitarias entre hombres y mujeres, se hace por la puerta de atrás del sistema educativo y se ponen a disposición solo de aquellos a los que el sistema se ha encargado previamente de expulsar de su edificio. En lugar de aprovechar esta oportunidad para favorecer la apertura del sistema educativo a problemas reales que conllevan aprendizajes reales, se opta por una mayor cerrazón y se deteriora la imagen de una tarea digna y esencial que bien podría aportar aire fresco y sentido común a los currículos que se abordan día a día en las clases.

Una doble exclusión – social y académica, de un lado; de género, por otra- se funde en la FP Básica que pretende la LOMCE. Lejos de dignificar unos conocimientos indispensables -estos sí de verdad indispensables-, se reservan exclusivamente para una pseudoformación profesional que rechazamos por su carácter segregador y porque aumenta el riesgo de exclusión social, perpetuando con ello los estereotipos sociales y de género más dañinos.

Por todo ello, nuestra propuesta apunta en una doble dirección:

  • Denunciar la existencia de la FP Básica por su carácter segregador, en las antípodas de lo que entendemos ha de ser una escuela inclusiva para todas y todos. La Formación Profesional Básica debe ser desterrada por atentar contra el derecho a la educación.

  • Reclamar la incorporación de los aprendizajes ligados a los cuidados al currículo explícito de todas las niñas y niños. No, por supuesto, en forma de una nueva asignatura, sino desde los cimientos de una escuela diferente que permita de manera natural tener que hacerse cargo de los más vulnerables, ocuparse y convivir con nuestra gente grande en actividades comunes que desborden los muros de la escuela, corresponsabilizar al alumnado en la gestión de los comedores escolares, así como en la atención al impacto medioambiental del gasto del centro en luz, en papel, en agua… Son infinitas las tareas y proyectos que reclamarían esta formación continuada desde la más tierna infancia, lo que acabaría con gran parte de los reflejos sexistas y clasistas a los que la tradicional división sexual del trabajo va asociada.

Concluimos. Reivindicar el valor de las tareas domésticas no pasa por asignar esos trabajos a aquellos a los que se ha privado incluso al derecho elemental de una educación básica. Hay que dignificar el empleo doméstico, pero este no es el camino. Y urgen también políticas de conciliación familiar que hagan posible un reparto equitativo de tareas y la visibilización social de una esfera esencial en nuestras vidas y permanentemente soterrada . El cuidado de los niños, de los ancianos, del hogar, no es algo que haya que reservar a especialistas -como sí la construcción de un puente o el cambio de una instalación eléctrica-. Esos saberes deben formar parte de los aprendizajes de toda la ciudadanía. En todos los ámbitos y, por supuesto, impregnando todo el sistema educativo. Sin excepción.

Mafalda Trapo

2 pensamientos en “¿Una FP Básica de Actividades domésticas?

  1. Silvina Paricio

    El análisis me parece totalmente acertado. Considerar el trabajo doméstico y las tareas de cuidado y atención a otras personas como merecedoras de un currículo específico que tenga que ser cursado en la FP Básica raya en el más absoluto de los absurdos. Coincido en que tal formación debe formar parte de la que se recibe en las instituciones escolares en todas las materias. Tremendamente escandaloso que sólo pueda ser cursada, si ese planteamiento se lleva a la práctica, por el alumnado “excluido” del sistema, “que no sirve para estudiar”, “que no sirve para otra cosa”, alumnado que, al menos en dos años, no podrá tener la posibilidad de presentarse a la famosa “reválida” para obtener el título de la ESO.

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  2. Sonia pueyo

    Siempre es bueno escribir aquello que por evidente olvidamos. Gracias por esta profunda reflexión sobre una mezquindad que esta en la base de todos nuestros problemas: el menosprecio de las tareas de cuidar de nosotros mismos y de nuestro entorno.

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