Una educación para vivir con justicia en una tierra viva

Sieso 7

La educación formal ha monopolizado las práctica educativas, antes más diversas y ajustadas a las realidades locales. La escuela es aquí, en El Salvador o en Vietnam, un lugar (un pequeño recinto) al que muchos niños y una cantidad menor de niñas acuden un día tras otro para aprender las enseñanzas (el saber “culto”) que personas adultas capacitadas (maestros y maestras) les transmiten. Una fórmula homogeneizadora construida al margen de las realidades locales.

Otras estrategias de educación intencional han ido perdiendo peso y presencia a favor de la institución escolar: los talleres donde se aprenden oficios, las enseñanzas de hermanos y hermanas mayores, las escuelas en la fábrica o en el campo, las tertulias en Ateneos, las asambleas, los consejos de personas ancianas… Hasta el punto de que si hoy hablamos de educación pensamos indefectiblemente en la escuela.

La escuela restringe fuertemente o deja de lado el papel del territorio, de los conocimientos locales y de la comunidad, tres grandes maestros de la sostenibilidad. El territorio es el suelo en el que crece la vida que nos permite sobrevivir, donde se aprende su complejidad, sus ritmos, y sus deterioros. Los conocimientos locales son aquellos que se han construido y aprendido a lo largo de los años, adaptándose a las posibilidades y límites de un hábitat determinado. La comunidad es el grupo diverso en edades, género, conocimientos, estatus, que reúne experiencias y aprendizajes muy variados y que funciona en interdependencia, una especie de biodiversidad social que nos permite adaptarnos a situaciones cambiantes. La sostenibilidad necesita de la tierra, de la comunidad humana y de sus saberes vernáculos. La educación para la sostenibilidad también.

Una escuela –quizá sería mejor decir una educación- para la necesaria sostenibilidad exige cambios esenciales. Quizá podamos empezar a trazar algunos caminos para este cambio:

  • Colocar la vida en el centro de la reflexión y de la experiencia
  • Vincularse al territorio próximo
  • Alentar la diversidad entendida como riqueza
  • Tejer comunidad y poder comunitario
  • Hacer acopio de saberes que acercan a la sostenibilidad
  • Desenmascarar y denunciar el actual modelo de desarrollo
  • Experimentar alternativas

Mientras el mundo se vuelve sucio y gris, mientras los recursos esenciales para sobrevivir comienzan a escasear, las pantallas de plasma nos muestran un mundo de vivos colores. No nos dejemos engañar por las luces de colores. Necesitamos una educación que mire a la tierra y nos haga conscientes de nuestra ecodependencia.

Para saber más: “Educación para la sostenibilidad”, en Yayo Herrrero, Fernando Cembranos y Marta Pascual (coords.): Cambiar las gafas para cambiar el mundo. Una nueva cultura de la sostenibilidad. Ed. Ecologistas en Acción. Descarga aquí.