La formación inicial del profesorado: reproches y sueños

frato-7Las ganas de inventar y una tiza al cielo. Así comienza una de las canciones de Vetusta Morla y así podría sentirse cualquiera que haya salido de las Facultades de Educación y Formación del Profesorado. Con ganas de probar, de romper con lo viejo; de equivocarnos incluso si es preciso; ganas que cada año se ven frustradas por culpa de muchas barreras. Palos en las ruedas de aquellos profesionales a quienes nos gustaría dedicarnos a la educación y lo pensamos con ilusión, comprometidos con la firme convicción de que la educación como servicio público puede transformar la realidad, de que la escuela pública puede ser diferente y de que ha de ser garantía también de una sociedad diferente, democrática, justa y solidaria.

Es ahora, al echar la vista atrás, cuando se mezclan los reproches y los sueños al hacer balance de una formación recibida que podría ser bien distinta. Pero muchos futuros maestros y maestras, muchos profesionales de la educación, de la pedagogía o de la formación del profesorado acabarán por reproducir muchos de los que ellos mismos ven como errores si nada cambia en un sistema educativo anacrónico que no hace sino invitar a la reproducción de incuestionadas rutinas docentes.

Ese cambio ya está en marcha y la Universidad tiene la responsabilidad de posicionarse a la hora de construir una identidad docente y profesional abierta a la transformación y mejora o, por el contrario, reproducir los viejos modelos intentando dar la misma respuesta a los problemas de hoy con los modos de ayer. Pero nos encontramos con una dificultad añadida. Los cambios, por el mero hecho de ser cambios, no son garantía de caminar hacia nuevos escenarios positivos. Un claro ejemplo lo tenemos en el denominado proceso del Plan Bolonia, que ha supuesto la implantación de los Grados y el Máster de Formación del Profesorado de Secundaria, antiguo CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica). Si bien la llegada de este Máster ha permitido un mayor reconocimiento académico y social a los profesionales de educación secundaria, que quizá pueden acceder a la docencia con una mejor preparación pedagógica, podemos observar que esas modificaciones en los planes de estudio no han respondido tanto a intereses pedagógicos como a los intereses puramente económicos derivados de la mercantilización de la formación: la universidad se convierte en una escuela de élites y en una fábrica de mano de obra para un mercado de trabajo precario.

La formación inicial del profesorado cambiaría con el mero hecho de intentar hacerlo y no simplemente pretender aparentar que lo hace. Solo tenemos que acercarnos a cualquier aula de la Facultades de Educación. Probablemente escucharemos hablar de la importancia que tiene el aprendizaje cooperativo, la participación del alumnado y la necesidad de una evaluación diferente de los procesos de enseñanza-aprendizaje. Aun hoy, todo esto lo escucharemos desde una tarima, donde solo habla el profesor. El alumnado está en silencio, sentado en sillas atornilladas al suelo, pendiente de poder reproducir lo allí escuchado en el examen del que dependerá su nota correspondiente.

La formación de los futuros educadores también podría cambiar si desapareciera la amnesia pedagógica de autores como Dewey, Decroly, Freinet, Ferrer i Guardia, Ivan Illich o Freire, entre otros muchos. Esta amnesia selectiva, consciente e intencionada, se rompe en escasas ocasiones como mucho para evocar alguno de estos nombres que acaban dejando un imaginario pedagógico de autores aislados, sin conexión, percibidos como raros e incluso anecdóticos a la hora comprender los cambios en educación a lo largo de la historia. Nada que decir de ellas, las que nunca son mencionadas: Maria Montessori, Marta Mata, Justa Freire, Rosa Sensat… Toda una cultura pedagógica que en ningún caso debe ser silenciada en nuestras Facultades de Educación.

Más aun cambiaría la formación de nuestro futuro profesorado si esa memoria histórica se incorporara de forma cotidiana y se vinculara a la práctica real con los centros educativos en todos los niveles (Infantil, Primaria y Secundaria) creando vínculos directos y redes de colaboración con aquellas experiencias de renovación e innovación pedagógica. Al mismo tiempo, esto nos daría la oportunidad de investigar de forma directa sobre la práctica y construir una actitud de apertura al cambio en todos y cada uno de los niveles. Comprenderíamos entonces la formación como un facilitador de procesos de enseñanzaaprendizaje; la importancia de la gestión del aula, de los tiempos y espacios; la mediación intercultural o la resolución de conflictos como fuente de aprendizaje desde un modelo de convivencia positiva.

Si generamos esos espacios de reflexión nos encontramos con que investigar no es una asignatura más en los planes de estudios, no es un contenido, no es solo una serie de metodologías o instrumentos aprendidos. La investigación también es una manera de posicionarnos ante la realidad. La formación del profesorado también podría ser diferente si la investigación se convirtiera en un recurso para cambiar la mirada y se entendiera como todo un proceso de investigación-acción participativa en el que la realidad es cuestionada para poder cambiarla y mejorarla. Esta podría ser la excusa perfecta para la incorporación de metodologías interdiciplinares como el Aprendizaje Basado en Proyectos o el Aprendizaje-Servicio que abren y conectan los centros educativos al entorno suponiendo por fin una ruptura con un modelo de reproducción de contenidos descontextualizados.

Finalmente, hay toda una serie de áreas que no solo no están presentes en la formación inicial del profesorado sino que deberían estarlo, de verdad, en todos los planes de estudios. Se trata de toda esa formación que contribuye a determinar el modelo de sociedad y de democracia que estamos construyendo. Podemos comprobar la ausencia de una perspectiva de género en los planes de estudio; la falta de una educación emocional que incorpore los cuidados como cuestión clave en los procesos de aprendizaje y que supongan a su vez una ruptura con las formas de poder heredados; la necesidad de espacios para la formación en una educación democrática para una ciudadanía crítica, inclusiva, comprometida en la defensa de los Derechos Humanos y en un modelo de ecología social que nos obligue a posicionarnos como futuros educadores y educadores ante la sociedad y el mundo.

Articulo escrito para Aula Pública de Yo estudié en la pública. Puedes descargarlo aquí.

Asier Delgado Suárez, licenciado en Pedagogía y miembro de La Educación que nos une

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