En busca de las escuelas invisibles

static.squarespace.com“El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.

Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles

Partimos de viaje. Por segunda vez este año nos subiremos a las bicis y, acompañados de nuestra pequeña de dos años, iremos al encuentro de lugares –estamos convencidos de que existen– donde aprender es sinónimo de libertad, de aventura, de descubrimiento. Y volveremos a filmarlo todo, para poder contarlo, porque sabemos que hay quien necesita ver para creer.

Hemos recorrido ya parte de Europa y también Estados Unidos con ese mismo objetivo. Dedicamos más de tres meses a conocer experiencias educativas sorprendentes que nos han hecho mirar con más espanto, si cabe, el destino al que se está abocando la educación pública aquí en este país nuestro: caminamos hacia atrás, de espaldas a lo que nos dicen la experiencia, la investigación científica y el corazón. En nuestras leyes se habla de “pensamiento crítico”, de reconocer y potenciar el “talento” de los estudiantes, de su “desarrollo personal” y de colocar la educación “en el centro de nuestra sociedad y economía”. El contraste con la realidad provocaría risa si no fuera, como es, una tragedia.

Incluso antes de verlos, confiábamos en que encontraríamos esos espacios otros donde recuperar la ilusión. Y los hemos encontrado: escuelas, privadas y públicas, en las que las niñas y niños aprenden con los adultos (no sólo de ellos), en que pueden tomar las riendas de su aprendizaje y seguir su curiosidad hasta donde les lleve, en que las asignaturas-corsé no impiden respirar a la imaginación, en que los exámenes pasan desapercibidos porque todo el mundo está demasiado ocupado… aprendiendo.

Hemos visitado doce escuelas, y entrevistado a decenas de personas: niñas y niños, madres y padres, docentes, especialistas en aprendizaje, pedagogía y psicología. Aunque suelen comenzar en una nota triste, sus historias tienen un final feliz, muy feliz. Son historias de esperanza y de aliento que nos ayudan a no dejar de confiar. Porque no podemos dejar que nos roben lo último que nos queda: la esperanza por cambiar el mundo, por entregarles a nuestros hijos e hijas algo mejor de lo que recibimos nosotros.

Por eso hemos decidido, como muchas otras personas, aunque de manera diferente, no quedarnos impasibles, no callar. Hemos querido echarnos a la carretera, esta vez por nuestro país, y hacer de nuestro viaje una bandera con el mensaje de que otra educación es posible, sí, pero no a base de repetir el mantra “reforma educativa”: una reforma que no es más que la suma de parches raídos por donde se siguen colando el tedio, la desmotivación, la competitividad, la injusticia y la masificación, entre otros muchos problemas endémicos de un sistema que es en sí mismo la causa de lo que dice querer combatir.

En nuestro viaje por el estado español, que empezó a finales de agosto, vamos a descubrir otras escuelas, escuelas invisibles para el sistema, que se niega a reconocer que otra forma de aprender exista. Invisibles para la mayor parte de la sociedad, que piensa en la educación como un rito iniciático necesario, aunque muchas veces doloroso, para convertirnos en “adultos”. Escuelas invisibles, pero necesarias si queremos de verdad transformar la educación, y dejar de conformarnos con otra capa más de barniz.

Acompáñanos. El camino es largo y juntas, juntos, se hará más llevadero. Puedes coger la bici y venir con nosotr@s un trecho, o seguir nuestro recorrido y nuestra experiencia virtualmente, en cualquier caso serás bienvenid@. Dondequiera que estemos, siempre podrás encontrarnos en esto no es una escuela.

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