El secuestro del lenguaje

 Roto Perversión del lenguajeUno de los puntos más importantes de las agendas derechistas – sostiene M. Apple- es modificar el sentido común de la ciudadanía a través de la perversión del lenguaje. Toman determinadas palabras cargadas de connotaciones positivas -“esfuerzo”, “excelencia”, “libertad”, “calidad”, “autonomía”-, las vacían de significado y las “resignifican” a su antojo. Se pretende así alterar las categorías más básicas –las palabras clave- que empleamos para comprender el mundo educativo y social y nuestro lugar en él. Desenmascaremos la estrategia.

1. La retórica de los talentos como pretexto para la segregación temprana.
La LOMCE recupera la retórica del talento como algo innato e impermeable a las condiciones del entorno para justificar la segregación del alumnado. Si alguien pensó al leer aquello de la diversidad de talentos que al fin nuestro sistema educativo iba a ser sensible a las inteligencias múltiples, a las capacidades artísticas, a la pluralidad de lenguas y lenguajes… no podía estar más equivocado. El Ministro de Educación se apresuró a declarar que unas eran las “materias prioritarias” –las que cotizan en PISA, las que establece la OCDE, las requeridas por el engranaje de los mercados-, y otras las “asignaturas que distraen” -todas aquellas que nos pueden ayudar a pensar críticamente el mundo: las Artes, la Historia, la Filosofía, etc.-.

2. El discurso del esfuerzo, la responsabilidad, la calidad y la excelencia. ¿Cultura del esfuerzo o exclusión social?
Hacer caso omiso del peso que el contexto tiene en el rendimiento académico, pretender pasar por alto las desigualdades de partida entre unos estudiantes y otros y atribuir los buenos o malos resultados exclusivamente al esfuerzo mayor o menor de chicas y chicos (o de sus docentes) es tratar de justificar el desmantelamiento de las políticas que velaban por la equidad de nuestro sistema educativo.

3. Competitividad, ranking, rendición de cuentas. La excelencia como coartada de la inequidad.
Se masifican las aulas, se sustituyen apoyos por reválidas, se publican los resultados, se establecen rankings de centros, y se liga la dotación de recursos a la rendición de cuentas. La Administración se lava las manos de su responsabilidad en dichos resultados, y estos se vinculan exclusivamente al esfuerzo individual de alumnado y profesorado. ¿Qué es esto sino negar la educación?

4. ¿Libertad de elección o derecho de admisión?
Y por si esto fuera poco, “se especializan los centros” y se ponen a competir unos y otros. Tal y como señala Christian Laval – La escuela no es una empresa-, bajo el pretexto de la libre elección “lo que se constata es la desaparición de una decidida voluntad política de equilibrar la composición social de los centros y la igualdad de condiciones concretas de enseñanza”. Porque como apunta Norberto Bobbio, “la libertad privada de los ricos es inmensamente más amplia que la de los pobres”. Y es que, cuando no hay igualdad, la libertad es el disfraz del privilegio. Privilegio, en este caso, de ser admitido por los centros de elite (económica o académica, que al cabo vienen a coincidir en gran parte de los casos si nos atenemos a lo que “miden” las pruebas estandarizadas).

5. ¿Autonomía de los centros o déficit democrático?
Más peligroso es aún todo lo anterior cuando las decisiones de esos “criterios de admisión” no dependen ya del Consejo Escolar del centro –de la comunidad educativa, en definitiva-, sino que se concentran en la figura del director: un director (siempre en masculino en la LOMCE) designado por la Administración y que tendrá la capacidad de decidir en solitario no solo sobre esto sino también la orientación y desarrollo del proyecto pedagógico, la configuración de la plantilla docente, la gestión económica del centro, la eventual especialización del mismo… y hasta la búsqueda de recursos financieros complementarios (¡sic!).

6. Las benditas competencias, ¿herramienta para la emancipación o para la sumisión?
El concepto de “competencia”- es decir, la capacidad de transferir al afuera lo aprendido en la escuela- era, para el educador progresista, una herramienta de emancipación, ya que los aprendizajes desbordaban su valor de cambio por una calificación escolar y recuperaban su valor de uso en la construcción de nuestras vidas individuales y colectivas. Para la derecha neoliberal, las “competencias” no son sino una herramienta de sumisión, y con ellas no se refieren sino a los aprendizajes necesarios para encajar, de manera versátil y sumisa, en los requerimientos del “mercado de trabajo”.